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Entre el escepticismo desolador y la credulidad irracional

Entre el escepticismo desolador y la credulidad irracional

Aristóteles comenzó su metafísica señalando que “todos los hombres desean por naturaleza saber”. El deseo de conocer la verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre y hasta se puede definir al hombre como el ser que busca la verdad. Pero vivimos en un tiempo que nos confunde sobremanera y no sabemos a que atenernos.  Por un lado cunde un  escepticismo que estima que no podemos conocer la realidad y por el otro un exceso azorante de credulidad irracional que es capaz de creer en cualquier cosa.   

Cuando la ciencia experimental comenzó a mostrar éxitos contundentes se pensó que era la única manera fidedigna de conocer y que entonces ésta suplantaría a la filosofía y conseguiría comprender la realidad completa del universo y de la vida humana. Luego el pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX se formó incluso la ilusión de que la ciencia desmadejaría y solucionaría todos los problemas del ser humano. Empero, los permanentes avances científicos que día a día corrigen las teorías anteriores develan las imperfecciones de la ciencia y el posmodernismo propaga entonces un relativismo y un escepticismo que aplica a la ciencia, y con mayor desenfreno aún a otras disciplinas como la filosofía.

Desde la otra ladera, a pesar de todos sus nuevos conocimientos, esta época moderna es tan crédula como cualquier otra de la historia. Decía Berger que “no existe ninguna imbecilidad que no haya sido abrazada con ardor por algún segmento de la inteligencia humana, incluyendo determinadas supersticiones cuyo carácter absurdo no tiene parangón.” Y agregaba que “en lugar de disminuir, con la educación superior la propensión a creer en disparates evidentes aumenta”. Y Ruiz de la Peña advertía que: “No es posible ignorar que potentes ráfagas de irracionalidad recorren las mas lujosas estancias de las sociedades opulentas. La fiebre de los horóscopos se contagia por todas las clases sociales. El número de astrólogos, pitonisas y arúspices varios no cesa de crecer, hasta el punto de triplicar en Occidente al de físicos y químicos.”

Resulta penoso que las sociedades en su conjunto y los seres humanos individuales parezcamos así náufragos a la deriva del escepticismo absoluto o del poder ser engrupidos por cualquier disparate. La actitud crítica es sana y también imprescindible para que la ciencia se perfeccione, pero llevarla al extremo es desacertado. Una prueba de esto es que el relativismo y el escepticismo resultan difícilmente conciliables con los fantásticos y evidentes logros de la ciencia experimental y de la tecnología aplicada.

Las ciencias duras combinan matemáticas y experimentación, y ambas exigen reducciones y límites. El grado de fiabilidad de la ciencia natural se granjea precisamente porque los objetos que se estudian son seres y procesos naturales. Para conseguir ciencia dura es imprescindible entonces estudiar objetos que se puedan tratar mediante magnitudes. Depende inexpugnablemente del ingenio y de la buena suerte de los científicos, pero también del tipo de seres u objetos que se examinan. Es imperativo que se trate de algo observable, que se lo pueda someter a experimentos repetibles, que se comporte regularmente y no de modo cambiante o imprevisible. Es así que lo que la ciencia experimental gana en seguridad y eficacia lo pierde en cuanto a las restricciones de lo que puede estudiar.

Los aspectos matematizables y subordinables a experimentos repetibles en humanidades como la sociología, la teoría política, la historia, la economía, la psicología, son mucho más restringidos. Las humanidades no pueden ser completamente subyugadas por el control experimental de las ciencias naturales ya que también estudian dimensiones como la inteligencia y la voluntad humana que no admiten reglas fijas o comportamientos regulares y uniformes.

A diferencia de la ciencia experimental, la filosofía no se ciñe a estudiar sólo aquello que puede ser comprobado por el método científico sino que se pregunta acerca de toda la realidad. Debido a que las dimensiones inmateriales del hombre no se pueden estudiar por el método científico experimental caen mandatoriamente dentro de la filosofía y de la metafísica, y estas dimensiones inmateriales no son ficticias sino que son reales, y son además más importantes que la materia. Son la inteligencia y la voluntad del hombre las que conocen y dirigen al resto del hombre y a la materia en general, y no al revés. La que está subordinada es la materia.

A su vez, la metafísica se dirige hacia la realidad total y estudia las condiciones generales del ser en cuanto tal, y por tanto obtiene conocimientos máximamente universales y necesarios que se refieren a las causas últimas de todo lo que existe. Y la metafísica  estudia los principios que son comunes a todas las ciencias particulares y por tanto ejerce una función ordenadora en la síntesis del saber. El objeto de la metafísica es más ambicioso y es también por esto que sus enunciados son más generales que los de las ciencias. Por ejemplo, el principio de causalidad, que se refiere a la necesidad de que todo lo que sucede sea el resultado de causas, expresa una condición general que se cumple en la realidad y que, por tanto, es también condición de posibilidad de nuestro conocimiento general. No se especifican las causas particulares, que pueden ser de diversos tipos, ni tampoco si se trata de causas necesarias o libres, deterministas o no; sólo se afirma que todos los acontecimientos deben ser el efecto de causas. Es una afirmación modesta en cuanto a los detalles, totalmente general en su alcance, pero no es algo meramente especulativo sino plenamente cierto. Si bien resulta del análisis de lo que la experiencia nos manifiesta, trasciende lo dado en la experiencia porque explica toda la realidad. No puede probarse mediante los procedimientos de la ciencia experimental, pero esto no afecta su validez. Por el contrario, la validez de cualquier conocimiento, incluido el de las ciencias, se apoya en el principio de causalidad.

El hombre puede entonces incluso pensar mucho más allá de las cuestiones pragmáticas sobre los temas útiles a los meros y prácticos efectos de sobrevivir, de reproducirse, de alcanzar un mayor bienestar. Todas estas cuestiones muy importantes que suelen secuestrar toda nuestra atención pero que son siempre penúltimas y no responden a las dudas urticantes que alcanzan las entrañas del hombre y que hormiguean el ánimo y afectan su vida. La filosofía y la metafísica permiten que las personas elucubren sobre el sentido del universo y de la vida humana por un interés recóndito, genuino y trascendente.

Resulta palmario que fuera de la órbita de la ciencia experimental no puede alcanzarse su específico tipo de certeza. Las humanidades comprenden además cuestiones que se ven más afectadas por actitudes vitales de sus estudiosos. Pero nada de esto implica ineluctablemente que todas las opiniones sobre las humanidades son igual de válidas, y que no es posible hacer filosofía y metafísica con rigor.

             A pesar de que la ciencia ha ido corrigiéndose a si misma, el conocimiento no tiene por qué ser siempre meramente conjetural e hipotético, sino que puede ser limitado, parcial y perfectible. No es ni siquiera tan extraño que nuestra ciencia sea limitada. Teniendo en cuenta que nuestros sentidos son muy acotados en cuanto a los datos que captan del mundo exterior, lo que en puridad resulta insólito e inaudito es que logremos obtener semejante cantidad de conocimiento científico.

Si bien los avances en ciertas humanidades se conquistan en la medida que estudian aspectos de la vida humana en los que existen pautas repetibles y condiciones estables, es decir, con dimensiones que se relacionan con la parte material de los seres humanos;  la economía, la psicología, la sociología y otras ya consiguen resultados valiosos que son aplicables de manera práctica a las sociedades y a las personas. La economía suele ser considerada la ciencia más próxima a las ciencias naturales y logra formular leyes que en determinadas situaciones rigen la marcha de los mercados y el bienestar  económico de la gente. Y, así como lo es bien patente en los avances de la medicina, hasta la psicología empírica ya se ha aproximado hacia una ciencia experimental porque consigue relacionar la base biológica de la personalidad con el comportamiento de la persona y mejorar así la vida psíquica de la gente. No existen así motivos para que el escepticismo destructivo o la credulidad insensata provoquen que todavía haya sociedades sumidas en la miseria y la indignidad ni personas que padezcan ciertas enfermedades físicas y mentales desgarradoras.

Cada una de ellas con su específico método y alcance, las ciencias duras, las humanidades, la filosofía y la metafísica consiguen efectivamente conocer porciones significativas de la realidad. Padecer hoy día los dos extremos antagónicos del escepticismo y de la credulidad irracional resulta ser atroz y desolador porque el hombre es el ser que busca la verdad. Y resulta ser también desacertado porque, si bien es limitado, parcial y perfectible, el grado de conocimiento que el ser humano ha alcanzado en todos los órdenes es asimismo prodigioso y es aplicable a sus sociedades y a las vidas concretas de las personas.  

Carlos Morea (h). El autor es empresario y escritor. Durante 2012 publicó “El hombre automutilado”, Didaje.

 

 




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