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Computadoras, cerebros y libertad

Computadoras, cerebros y libertad

Todavía existen algunos pensadores que arguyen que, a través de un incremento en el número de transitores, en el futuro las computadoras ampliarán sus funciones y se asimilarán a los cerebros. El creyente en la inteligencia artificial Isaac Asimos sostiene que entre el cerebro y un ordenador habría sólo una diferencia de complejidad. Y opina que en algunas décadas más las computadoras podrían hacer lo mismo o incluso más que una mente humana.

Cuando los robots electrónicos se hagan lo suficientemente complejos en sus algoritmos, les emergería así la habilidad intelectual y argumentativa, la conciencia personal y moral, la libertad, la capacidad de amar y de ser amado, el placer y el dolor, la apreciación de la belleza, el humor, la capacidad de Dios

Son diversas las razones por las cuales los cerebros se diferencian de las computadoras pero hoy haré un fugaz comentario sobre una de ellas que es la libertad. Las computadoras no son libres porque requieren del programador, que si es libre, para que las programe. Ha habido pensadores que han negado la libertad humana. Minsky por ejemplo decía que:

“Libre albedrío es el mito de que la volición humana se basa en una tercera alternativa, distinta de la causalidad. No hay lugar para ella, porque cualesquiera que sean las acciones que “elijamos”, ellas no pueden producir el menor cambio en lo que de otro modo habría sido, porque esas rígidas leyes naturales ya han sido la causa de los estados mentales que nos hicieron tomar esa decisión.”

Y Skinner y Ruiz de Gopegui asemejan el acto volitivo al de una máquina. Este último escribió:

“Si por libertad se entiende la posibilidad de elección espontánea y no condicionada, cuando el hombre decide no posee libertad, pues en el todo está condicionado por causas antecedentes.

El sentimiento de libertad es sólo un espejismo; el individuo se cree libre cuando ha hecho lo que quería, sin percatarse de que lo que quería estaba totalmente condicionado por agentes no controlables ni controlados por él. El acto volitivo –o de decisión presuntamente libre- puede explicarse satisfactoriamente según un “esquema cibernético” reproducible en las máquinas, lo cual desvela al carácter ilusorio de la idea de libertad.”

Ahora bien, resulta perogrullesco que los humanos no somos ilimitadamente libres. El sueño de una libertad autárquica es insensato. Siendo el hombre un ser limitado, no puede poseer una libertad ilimitada. Decir que el hombre es libre no significa que el área de su libertad sea omnímoda. La libertad del hombre es una libertad verdadera, pero acotada por el marco de referencias en que se mueve.

Una libertad sin horizonte, sin norte, sin tierra de promisión, es una libertad desorientada; y no es sino apariencia de libertad. Por eso la idea de que ser libre es equivalente a hacer lo que a uno se le apetece es una falacia constitutiva. Con ella se está recayendo en la vieja idea de libertad como capacidad de elección indiferente entre diversas posibilidades, que termina condenando al hombre a una crónica e irresponsable indefinición.

José Antonio Marina decía que hacer lo que me da la gana no es ser libre sino que es obligarme a hacer lo que la gana decide. No se es más libre porque se pueda hacer lo que a cada cual le apetezca; se es más libre en cuanto que se opta en la dirección del ser más hombre, más uno mismo, más persona. Ruiz de la Peña decía que la libertad no quiere decir que puedo hacer lo que quiera sino que significa más bien que debo llegar a ser lo que soy.

La mejor libertad, la libertad más liberada, será aquella que acepta y acoge el fundamento de su ser. Y Ruiz de la Peña agrega que la genuina libertad no es una ausencia de ligaduras sino una forma de religación. Sólo quien se halla religado a un fundamento último puede sentirse desligado ante lo penúltimo.

Las circunstancias biográficas nos influyen. Estamos todos sometidos a innumerables pulsiones y coacciones externas. Somos vulnerables a los deseos y a los miedos. Pero las posturas que defienden al hombre como ser completamente predeterminado y carente de libertad son extremas.

La heredad y la circunstancia ciñen a la libertad, pero no la exterminan. Lo que en la vida surge por obra propia, a fuerza de golpes de circunstancias, a sotavento de ellas, contra los trancazos y garrotazos que nos vienen de afuera, cuando confronta al aparente destino escrito, ese es el carácter, la determinación profunda, lo más persona de la persona, aquello que define a esa alma como propia, única, insustituible.

Zubiri decía que si el hombre no tuviese tendencias tampoco tendría posibilidad alguna de ser efectivamente libre. Las tendencias son intrínsecas a la voluntad porque fuerzan al hombre a ejecutar un acto de volición libre. ¿Cómo es que el alcohólico que ansía beber, muchas veces logra no hacerlo? Y como no todas las tendencias son iguales no todos los hombres son igualmente libres. Hay quienes desperdician oportunidades heredadas y transcurren una vida infértil, y hay también quienes vencen insufribles limitaciones físicas, psíquicas, económicas, y se convierten en ejemplos de humanidad.

Y Zubiri agregaba que aquello que nos exige ser libres, que son las tendencias ante las cuales debemos decidir, es justamente también aquello que  limita intrínsecamente nuestro grado de libertad. En un cierto momento, por más exiguo que este sea, y muchas veces contra toda esperable probabilidad, la libertad da fuerza y convierte a la pretensión en decisión.

El proceso cerebral tiene algunas similitudes con los procesos de las computadoras y estas últimas son incluso más veloces y más exactas para ciertas funciones; pero las computadoras no son libres y sólo pueden ejecutar cálculos algorítmicos o mecánicos. Las máquinas nos pueden igualar e incluso superar en muchas operaciones y actividades, pero los creyentes en la inteligencia artificial no contemplan que las máquinas carecen de la interioridad y de la libertad de la persona humana.

Es así que hoy día la mayoría de los grandes pensadores reconocen la libertad humana y descreen en un mundo futuro de robots cibernéticos y también humanos. Las computadoras no son ni remotamente comparables con la mente humana. Y todo indica que jamás lo serán.

Carlos Morea

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